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LA MUERTE CHIQUITA

artificial amor

Se encontraba perdido, estaba un poco temeroso y nervioso, vestido no para la ocasión pero apropiado para que lo destrozaran, le encantaba el aire, el clima, los colores, eso le ayudó a relajarse y sentirse un poco cómodo y menos nervioso. De golpe, la vio salir de la nada, con una seguridad y gallardía de tigresa, con la piel color dorado, ojos dormilones, cabello largo, suelto y sexymente despeinado para la ocasión; labios carnosos y poseedores de una boca entreabierta; con unos senos que encajaban perfecto en sus manos, con casi nada de ropa y mucho de vigor, se le lanzó al hombre clavándole las garras en la espalda mientras se amarraba con las piernas a su cuerpo para que no huyera, el hombre la sostuvo con sus manos por debajo de las nalgas tan bien hechas y formadas por la naturaleza y le dio una pequeña mordida en el cuello, pues ni tiempo le dio de hablar, ni siquiera de quejarse.

El hombre no sabía si defenderse de las garras o dejare vencer por tan sexual forma de atacar, pero no tenía salida estaba acorralado y excitado, de pronto ella de un tirón le rasgó la playera dejándolo a él sin aliento, al fin alguien le cumplía su fantasía de ser atacado por una chica salvaje, ella concentrada, le siguió quitando la ropa de forma tan hábil y peculiar que solo se podría reaccionar con gestos de satisfacción ante aquella situación, era lógico que en menos de un suspiro ya se había generado una bendita erección. Él estaba húmedo en exceso, de aguas de sudor, y de aguas que solo provoca el placer del amor, entonces ella reaccionó a su naturaleza humana y se dejó llevar por el juego de su presa volviéndose tan débil como ardiente y le regresó aquella mordida al cuello justo debajo de la oreja en la que después le susurró al oído palabras sin sentido que le dieron todo el sentido al estado de los cuerpos encendidos.

Ambos perdidos en un intenso juego de seducción, se encontraban más y más húmedos con la sangre caliente, sudados, extraviados en tiempo y espacio. De pronto, el hombre ya vuelto loco la tomo de a cintura atorando sus dedos entre su piel y la diminuta ropa interior para despojarla de sus pantis y aventarlas al vacío. Le besaba todo, la boca los ojos, las mejillas, la tomaba del pelo y ella gritaba de gusto, toda excitada le pedía que no parara mientras lograba chisparse del cuerpo que la prendía para lograr montarlo, ya subida en él logró una placentera penetración, ambos gritaban de gusto, de placer. Recorrieron todo su cuerpo disfrutando cada caricia, cada mordida, cada gemido, él jugaba con el sostén lo jalaba, lo subía y lo bajaba y sin más qué hacer con el lo arrancó de su cuerpo mostrando a sus senos el mundo de sus manos mientras ella juagaba con el cabello enredado en los dedos y su cuello entre las manos mientras le gemía al oído y lo humedecía con su lengua.

Estaban imparables, se devoraron de una forma tan salvaje que el dolor era mero gozo, el arriba, ella abajo, al revés también, las manos por doquier, los dedos traviesos palpando túneles húmedos entre piernas abiertas dejando a la vista tan existo banquete que era también un reflejo en los espejos empañados. Los cuerpos en forma animal, sostenidos en cuatro, en tres y hasta en dos patas experimentaron extraños olores y sabores, formas y texturas, superficies placenteras que hicieron del momento horas de placer. Entonces el juego se hizo realidad, sus cuerpos saciados y sus mentes adentradas en la atmosfera de una exquisita sensación que cada vez se prolongaba más y más, llegando al punto de la explosión volcánica y…

… murieron por un instante satisfechos de darse todos llenos y saciados de ellos mismos con la piel erizada, la vista perdida y la boca abierta, uno al lado del otro, tumbados de cansancio y en exceso relajados, se quedaron viendo el cielo tan cerca y tan lejos para volver a la vida.

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