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Letras

EL ROLLO DE TEPEACA: EVOCACIÓN E HISTORIA

Foto: Cortesía Karen Cuevas

La perspectiva desde uno de los bancos deja ver el frente de la iglesia y la construcción del Rollo. Es Tepeaca de Negrete, los días nublados permiten que durante las tardes uno pueda sentarse sin la molestia de un sol que queme el rostro mientras se quiere apreciar el parque de este lugar.

De un momento a otro pasan las historias –o lo que para mí son historias, pues ya nada de eso lo viví–, aquella plaza de viernes que era llevada a cabo en el centro de la ciudad, imaginando el aglutinar de las personas en busca de verduras, frutas, situando a sus animales para venderlos, y mientras esas imágenes ocurren, se ve a un hombre encadenado al Rollo, esperando por su sentencia mientras la gente lo ignora y sigue con sus actividades comerciales.

A la par de ese hombre colgado, desaparece el Rollo y se ve su construcción, una imagen mental que trata de recrear ese instante de 1559 a partir de lo que se escucha y de lo que se puede ver en el presente, de cosas que dictan las pocas fotos que se han visto de ese lugar, armando la esencia de esa construcción, se conjuntan varios años, se conjunta la historia: el pasado en el que fue creado y utilizado, el pasado reciente en el que se encontraba en medio de gente y su presente, con un hombre sentado frente a él, siendo testigo de ese momento, de un momento en el que quizá no pasa nada, pero si Faulkner tiene razón y el pasado no muere y ni siquiera es pasado, entonces todo es simultáneo, y en este momento estoy siendo testigo de todo.

Pese a eso hoy parece un día cualquiera, y como sucede en cada tarde, algunas parejas yacen en los jardines del parque, justo a un lado de los letreros de “Prohibido pisar”, algunos esperan a que el día termine y pasan de largo, sin notar la construcción, viéndola sin mirarla en realidad. Algo logra despertarme de ese tiempo conjugado que aun mantengo en mi cabeza; el reloj del Rollo marca la media y con un tono lo denota. Nadie voltea a ver la hora, nadie escucha y es, al final, como si no sonara, como si el tiempo no avanzara en ese reloj, como si la construcción en 1559 se quedara en ese instante y no hubiera pasado de ahí.

Alguien se acerca, y me detengo frente a él para preguntar acerca del Rollo, luce sorprendido, como si en lugar de eso esperara otra cosa, como si jamás, en sus años como habitante de esta ciudad, le hubieran preguntado sobre eso.

“Sólo sé que era utilizado para tener a los prisioneros hace muchos años”, desconoce su tiempo de construcción y no sabe alguna historia más sobre él, antes de irse lo mira, como si la pregunta le hubiera despertado la curiosidad por saber más, pero le da la espalda y sigue con su camino.

Algunos estudiantes pasan, un grupo de siete personas que me miran y saben –de inmediato– que algo les quiero preguntar, tres pasan de largo y sólo unas cuantas personas responden: “La verdad no sé ni que pedo”, dice con aire de victoria mientras sus compañeros se ríen con cierta complicidad. “Pues creo que es del siglo XVI, pero no sé de qué año…” dice una de las estudiantes y los otros la miran un poco sorprendidos. Ríen tras un chiste que tiene que ver con el hecho de la “remodelación” del parque, algo sobre las elecciones y siguen con su día.

Paso tras paso busco encontrar historias, mitos, algo que le dé más vida y tiempo a ese lugar, no encuentro algo más. Casi resignado, llega un anciano, uno que mira al frente y lanzo la pregunta al aire, como un anzuelo, esperando que responda algo interesante; pero no sobresale su respuesta sino su reacción, se llena de un brillo en los ojos que me dice mucho en nada, me cuenta las historias con la mirada dirigida al suelo y de un momento a otro al Rollo y la iglesia, se pierde entre lo que ve, y miro sus recuerdos, rememora todo y también vive las historias al mismo tiempo, ve el pasado y el presente en el mismo instante; ahí arranca de lleno con palabras que cuentan historias que quizá nadie más quiso escuchar, señala el vacío de ciertos espacios y que ahora tienen más, señala y habla tan rápido que mi mano se ralentiza y no puedo escribir a la par de sus palabras. Nunca menciona si fueron mejores o peores tiempos, pero deja notar que los extraña, y para saberlo sólo hace falta verlo. Sonríe despidiéndose –más de sus recuerdos que de mí– y deja que siga el tiempo pasar.

Miran al frente, parejas encontrándose, amigos jugando, estudiantes que decidieron perderse de sus tareas para poder pasear y hacer lo que más les plazca. Algunos nunca observan al Rollo, lo creen como un objeto que ya es parte de la ciudad, pero no como un detalle con identidad propia.

Sin embargo aún sigue siendo un punto de reunión, aun es presente y pasado, aun conjunta historias y uno no puede dejar de pensar y preguntarse: ¿Qué no habrá visto? ¿De cuántas cosas ha sido testigo? Ha dejado de avanzar con el tiempo, ahora es el tiempo quien avanza con él, y mira todo y a todos, para devorarlos con su reloj, para devorarlos a su ritmo, segundo a segundo. Y así pasan, avanzando, todos avanzando sin saber que alguien vigila sus pasos, que los tomará y que serán parte de las palabras que hoy sólo escuchamos como agua pasada pero que disfrutamos con su sabor a nostalgia, con su sabor a historia.

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